Riesgos sociales: “Estamos ante un cambio de época, pero seguimos con soluciones del siglo pasado”

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Según Peter Taylor-Gooby, existen fenómenos de cambio – riesgos sociales – que representan un reto profundo, estructural y estratégico para el estado de bienestar:

  • Los avances en materia de conocimiento científico e innovación tecnológica configuran un tipo de sociedad en el que se aceleran los procesos de destrucción creativa de productos, servicios y, consiguientemente, de estructuras laborales y económicas.
  • Individualización y diversificación de las trayectorias vitales de las personas, por el aumento de la movilidad internacional y debilitamiento y precarización de la seguridad del empleo.
  • Prolongación de la esperanza de vida con el aumento de los años de vida libres de discapacidad, pero también aumentan los años de vida con discapacidad y la prevalencia de patologías crónicas.
  • La incorporación de la mujer al mercado laboral, con lo que desaparecen los cuidados y apoyos gratuito.
  • Transformación y diversificación de las estructuras y dinámicas familiares.
  • Aumento de las expectativas en el estado de bienestar.

Se puede elegir la expresión cambio de época para caracterizar la nueva realidad descrita por los siguientes factores (Barriuso, J., 2017):

  • Orientación hacia la atención básica o primaria
  • Un ámbito asistencial continuo que supera los clásicos espacios sanitario y social.
  • Valorar tanto la pérdida de salud (patología) como su conservación (bienestar), mediante actuaciones como la gestión, prevención y vigilancia de la salud.
  • La conveniencia y oportunidad de atender a colectivos preferentes (más vulnerables) cuya prevalencia e impacto son determinantes para el sistema de salud (crónicos, dependientes, mayores, …).
  • La integración del hogar dentro del sistema.
  • La oportunidad de potenciar el autocuidado y control de los propios pacientes sobre su estado de salud y bienestar.
  • Se debe tener en cuenta las desigualdades territoriales, sociales, tecnológicas, culturales, por edad y por sexo. Una visión única puede dejar fuera a personas y colectivos, convirtiéndose en un instrumento de aislamiento social.

Entre 1958 y 1977, se produce el baby boom español. En esas fechas nacieron casi 14 millones de niños (más de 650.000 cada año), sumando 4,5 millones más que en los 20 años siguientes y 2,5 más que en los 20 años anteriores. En España, en 2019, las generaciones del baby boom destacan por ser la parte más amplia de la pirámide de la población contando en la actualidad con edades comprendidas entre los 42 y los 61 años, en 2024 gran parte ya habrá alcanzado los 65 años y en 2050 la mayoría serán octogenarios. (Abellán, A. et al, 2019).

El proceso de envejecimiento de la población europea lleva desarollándose durante décadas, pero en el momento actual sus efectos comienzan a ser determinantes para el estado de bienestar. En otras zonas del planeta, como es el caso de latinoamérica, el envejecimiento es más reciente, pero su desarrollo no superará los 30 años.

Durante décadas, las sociedades que han desarrollado un estado de bienestar se han dotado de un sistema sanitario potente, capaz de atender las enfermedades agudas, generando grandes mejoras en la calidad de vida de las personas y un aumento de su esperanza de vida. Los servicios sociales, sin embargo, no han precisado de la existencia de una red tan potente, pues los cuidados quedaban resueltos por el entorno familiar y fundamentalmente por las mujeres. Cuando cambia la prevalencia de enfermedades de agudas a crónicas, y además los cuidados hay que abordarlos desde un entorno más profesional e institucional, se producen cada vez más disfunciones.

En paralelo a todo estos cambios sociodemográficos, la evolución tecnológica, a través de las llamadas tecnologías habilitadoras, está transformando numerosos sectores de actividad, sin embargo, no es así en la prestación asistencial social y sanitaria.

Es prioritario la modernización tecnológica y funcional del área asistencial del sistema social y sanitario, con una orientación hacia la atención básica o primaria, la integración del hogar dentro del sistema, la asistencia de los colectivos más vulnerables y, de manera transversal, el desarrollo de un modelo de atención integral y centrada en la persona.

Principios y derechos de la atención integral y centrada en la persona (Rodriguez, P. 2013)

  • Autonomía: diversidad y empoderamiento.
  • Individualidad: personalización y flexibilidad.
  • Independencia: prevención y visibilización de capacidades.
  • Integralidad: globalidad.
  • Participación: accesibilidad e interdisciplinariedad.
  • Inclusión social: proximidad y enfoque comunitario.
  • Continuidad de atención: coordinación y convergencia.

Quienes definen las políticas públicas y gestionan los servicios sanitarios y sociales pretenden abordar los fenómenos de cambio actuales con las mismas herramientas que en el siglo pasado nos dieron grandes mejoras en calidad de vida y aumento de la esperanza de vida, centrados en gestionar la eficiencia de un sistema que está muriendo de éxito. La envergadura interrelacionada de los fenómenos que definen este cambio de época es suficiente como para obligar a un cambio de modelo asistencial social y sanitario.